Julio 21, 2010
Salen, por estos días, propuestas en todos los diarios y revistas sobre cómo aprovechar el verano. Los hay que incluso facilitan ideas con presupuesto incluido: viajes de bajo coste (Inglaterra a tiro de 96 euros), tarde de cócteles en lugares especiales hasta 50 euros, cruceros, cursillos de cocina, pic-nics rurales y urbanos, sesiones de spa, dormir en lugares especiales como una casa del terror (tenemos tanto de qué asustarnos), una cama medieval o el rincón en donde Stieg Larsson perdió el gorro… todo esto por menos de 1000 euros (bien, lo del autor nórdico puede quedar un poco más lejos económicamente). Ante tamaña oferta, una no puede menos que preguntarse si la gran mayoría de personas de este país dispone, en efecto, de presupuesto para vacaciones o si, yendo un poco más allá, dispone de vacaciones. A todo esto se suele añadir alguna frase semejante a la que utilizo para encabezar esta entrada. La consigna es: hay que disfrutar. Así, como una orden. Y aquí es donde, con perdón, servidora se rebela: ¿es obligatorio disfrutar según lo que se supone que nuestra sociedad entiende como disfrutar? (esto es, salir, ir de viaje, escaparse, en suma). ¿Y si no se puede? ¿Y si estamos atad@s al trabajo o a las obligaciones familiares? ¿O a la bancarrota? ¿O a la enfermedad?
Volvemos a chocar contra algo que es una lacra en nuestra sociedad: la obligación de pasárselo bien, de disfrutar, como sucedáneo de “ser feliz”. Tengamos calma, por favor. Si se puede disfrutar en el sentido en que se nos propone por todas partes, bien, pero si no… recordemos que hay otros veranos, que habrá más momentos, sí, pero que, mientras tanto, el que tenemos por delante puede ser tan bueno como otros (o quizá mejor) para hablar con nuestra familia, nuestros amigos o nosotros mismos. La mejor manera de disfrutar de nuestro tiempo (sea mucho, sea poco) es estar en contacto con nuestros semejantes; al cabo, somos mamíferos, seres sociales necesitados de cariño y compañía: homo sapiens, homo ludens si se quiere, antes que homo consumens.
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Abril 14, 2010
Paul Watzlawick es uno de mis pensadores de cabecera. En su obra El arte de amargarse la vida agrupa unas cuantas reflexiones absolutamente sorprendentes y aplicables a nuestro día a día. En clave irónica, va desgranando ejemplos de nuestra conducta habitual, acompañados de comentarios de matices variados, para ilustrar lo bien que sabemos equivocarnos los humanos y lo mucho que nos gusta atarnos a nuestra infelicidad, porque nos resulta más cómoda: no hay manera más segura de sentirse seguros que seguir haciendo lo de siempre y cultivar el arte de sentirnos incómodos. Como dice el propio autor en la introducción, llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, no basta tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos.Que no cunda el pánico. El libro de Watzlawick funciona a modo de contraejemplo. A veces nos hace sonreír. A veces puede, incluso, irritarnos. No importa. Forma parte de la estrategia. Lo único que importa, en definitiva, es darse cuenta del círculo vicioso en el que a menudo caemos: lamentablemente, estamos condenados a ser felices. Toda nuestra sociedad nos lo dice. Y ser feliz cuesta. Cuando parece que lo somos, nos lo estropeamos creyendo que no nos lo merecemos, o que nos va a venir una mala racha que nos va a llevar de cabeza al desastre. Somos infelices mientras esperamos ser felices, cuando valdría la pena detenerse un instante para ver claro que, incluso en el epicentro de la mayor de las tragedias, el ser humano es capaz de seguir adelante, con felicidad o sin ella, con ganas de vivir o sin ellas, sea lo que sea lo que la vida nos haya deparado.Mientras tanto, mientras vamos aprendiendo a amargarnos la vida o a desamargárnosla, vamos viviendo.
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Abril 8, 2010
Tu cerebro va a mil por hora, el trabajo se acumula dentro y fuera de casa, te miras al espejo y piensas (siempre, demasiado a menudo) que tienes que adelgazar (¡o engordar!), que tu piel no está bien, que el dinero no te alcanza… Enciendes el ordenador, atiendes al móvil, haces la lista de la compra, intentas leer un libro, quizá tu hijo o hija pequeña te pide que le revises los deberes o, si es aún menor, hay que dar comidas, cambiar pañales… Si decides centrarte en el ordenador (¿cuándo dejarás de tener la sensación de que no podrías vivir sin él?), te conectas al Facebook, al Messenger, al Tuenti o a lo que sea, aparecen recuadritos a un lado de tu pantalla diciéndote que tal o cual amigo/-a está dispuesto/-a para chatear (y te enviarán toquecitos…), consultas diarios o pasas pantallas… ¿hay informes que entregar, mensajes que responder?… ¿Tus pulgares echan humo enviando sms?Incluso… Si estás “a dieta analógica” y has desconectado todos los cacharros que te lanzan al mundo virtual (en ese caso, no estarás leyendo este post), eres capaz de hacer mil cosas a la vez. ¡Somos geniales! ¡Hurra! No. Muy mal. Lo estamos haciendo rematadamente mal.Está demostrado que el cerebro pierde capacidad de concentración con la multitarea, y, por lo tanto, eficacia. Está demostrado, además, que la multitarea estresa. A mí no me pasa, pensarás quizá.Haz la siguiente prueba: haz solo una cosa a la vez. Verás cómo doblas tu rendimiento. De camino, acabarás lo que tienes que hacer en mejores condiciones. Te sentirás mejor, y seguramente los que están a tu alrededor lo agradecerán.
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Abril 5, 2010
Será algo tópico, pero todo el mundo nos recuerda, incluso desde las páginas de moda, que lo importante es la belleza interior. Bien. Las mujeres (y desde hace un tiempo los hombres también, pobrecitos) nos lanzamos a menudo a comprar, hojear o desear tener el ideal de belleza externa que se vende en las revistas. Evidentemente, si he llegado a parar aquí, un blog alojado en Elle, es porque las personas que elaboran este tipo de revistas son eso: personas.
A menudo me han sorprendido artículos de firmas conocidas (y no tan conocidas) hablando, en páginas de absoluta moda, de lo in que es ser culto (o al menos tener cultura), de lo interesante que es tal o cual libro… Es evidente: para hacer moda hay que mirar el fondo del alma de las personas. No sólo las tendencias. ¿Cómo, si no, iba a ser posible conectar con los deseos (palabra clave) de la gente de la llamémosle calle? Seguramente, y en defensa de nuestra propia especie, ha llegado el momento de ver este tipo de revistas como algo más que simples escaparates de lo que se lleva/se deja de llevar/se va a llevar. Estoy convencida de que son un síntoma de la sociedad en que vivimos: con sus anhelos y sus dudas. Clásica es ya la idea de referirse a los cambios en la ropa (incluyendo el largo de falda) en relación con el momento económico. Se me aducirá que se busca el negocio. Claro. ¿Y quién no? Pero este aspecto no es más que uno más de los muchos que rodean la producción de elementos bellos. La belleza aislada, encerrada en su torre de marfil bajo el pretexto de una pretendida pureza, fallece de inanición.
Y… dicho esto, heme aquí. Contenta de haber llegado a Elle, porque es evidente que la mujer, la persona, necesita ideas para vestir su cuerpo interior. Porque no hay belleza deslumbrante que llame la atención si no va precedida de un buen cultivo de lo que no se ve.
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